Dios nunca muere

“DIOS NUNCA MUERE”. EL FINAL ES APENAS EL COMIENZO

[…] No me llores, no, 
no me llores, no.
Porque si lloras 
yo peno.
En cambio 
si tú me cantas 
yo siempre vivo 
y nunca muero.

La Martiniana, Andrés Henestrosa

Ascendiendo de las cenizas, el ave Fénix no sólo representa la resurrección, sino que también encarna el mítico desafío en contra de los ciclos naturales, tanto de la muerte como de la decadencia; y es, además, un signo de contracorriente en la vida moderna. Es la elevación desde nuestras propias cenizas, o como dicta el canto popular: “yo nunca me doy por vencido”.

Crispín Vayadares –como el niño gozoso y travieso que es–, celebra la vida, y la exuda en sus lienzos, ya por la vitalidad en el color que utiliza o por la temática que escoge en cada una de sus series. Por ejemplo, en las obras en las que alude al ave fabulosa, contemplamos el crepitar de pájaros multicolores teniendo por fondo un tapete de fuego puro.  Aquí, esos rescoldos no hacen alusión a la muerte o a la destrucción, sino a la tempestuosa, candente y conmovedora Canción de la vida; así como al voluntarioso y continuo resurgimiento que ella desprende. Vemos también otras aves, ahora contra un mar de plácidos azules, como si ese ardor de su renacimiento consumiera toda pena y llegara al fin la serenidad, o por lo menos a cierto tipo de paz acompañada por la ablución.

Hay que poner cuidado y escuchar las cadencias del color o las texturas líricas que dejan su delicada impronta en los trazos. A veces puede ser un sonido estruendoso o de repente, una melancólica melodía que apenas nos acaricia la piel. Pero al final, es el sonido de la Canción de la vida, es el Cantar de los Cantaresque hace que nuestra carne y nuestra alma vibren como jamás lo han hecho. Es el triunfo del amor sobre la muerte. Porque, si Dios nunca muere, nosotros, hechos a su semejanza, tampoco lo haremos.

Descendiente de las cascadas mágicas, Vayadares empezó su camino en San Miguel del Puerto, como un hijo de las nubes, de los manantiales y de la niebla que va goteando hasta llegar al puerto de Salina Cruz, donde la reciben esas olas que empujan los vientos contraalisos –o como los conoce la gente de la región, el “Viento norte”–, en un paisaje salpicado por esos barcos pesqueros que, cuando él era niño, traían el pescado a su pueblo. En aquel tiempo su hermano mayor, le cuentan, quemó un campo de sembradíos jugando con cerillos, y la venganza, tan antigua como feroz, obligó a nuestro pintor –apenas un bebé de seis meses– a escapar con su familia.  

Vayadares, consumado contador de historias nos relata que de niño gozaba de la libertad absoluta que insufla el mar. Del ir y venir, como las olas. De aquella ocasión que con un amigo, al pasar por un parque, no pudieron resistir la deliciosa tentación de jugar con el sube y baja. Arriba, abajo. Arriba, abajo. Arriba… y muy pronto se olvidaron de sus cajas de chicles, de sus chanclas. Arriba, abajo. Arriba, abajo. Duro. Arriba, abajo. Más duro. Risas. Arriba, abajo. El mundo se difumina a esa velocidad, el tiempo se detiene. Arriba, abajo. Arriba, abajo. Entonces las risas se tornan en llanto. Se habían quedado sin chicles y sin chanclas. Alguien se las había llevado. Pero la vida sigue. Arriba, abajo.

También nos platica que cuando les iba bien en la venta, se juntaban su “dinerito” y compraban frijol, arroz en bolsitas, y a veces –en muy contadas ocasiones–, un chile relleno. Y dejando esas bolsitas sobre el pasto, comían los felices manjares que la vida les otorgaba. Veinte años después, Vayadares supo que a eso se le llama “pic-nic”.  

En el mercado, las tehuanas y mujeres huaves vociferaban sus mercancías: “¡Camarón!”, “!Queso fresco!”, ¡Totopo, güero!”, “¡Pescado seco!” Todas hermosamente ataviadas con telas de vibrantes colores. El pequeño se abría paso entre las enaguas estampadas, enfrentando esas anchas caderas que se balanceaban al son de una música que, aún décadas después, el artista escucha claramente. De regreso a casa, nuestro niño-pintor volvía a navegar entre una marea de flores centellantes y animales fantásticos, llevado por el ímpetu de las caderas, nadando en el color y la textura de los bordados. El morir ahogado tornaba todo menos gris. Renacía frente a la brillantez del ardiente sol porteño. Su madre lo esperaba con tortillas calientes de mano, envueltas en servilletas que ella misma había bordado, un arcoíris de colores y puntadas. Allí su formación artística empezó, tan sólo tenía que abrir bien los ojos.

La visión artística transforma nuestro mundo, por eso Vayadares no es un simple pintor, sino un tejedor de sueños. Los teje con colores, utiliza sus espátulas y los pinceles complacientes. Pero también teje memoria, añoranza y sobre todo, amores embetunados, como los pastelitos que vendía. Estos sueños/memorias de animales fantásticos y de coloridas flores, están tejidos a cada una de sus telas. Y lo hace con tal maestría que su visión se convierte en la nuestra. Ya no nos queda más remedio que resurgir de nuestras propias cenizas, cantando a la vida esta canción visceral que nace en las entrañas más profundas de nuestro ser. 

Hoy Vayadares ha llevado el motivo del textil a una nueva dimensión: sus telas mismas se han transformado en tapetes en donde flores, fondos y personajes son tejidos en óleo. Color y textura llegan a ser elementos sublimes de la memoria y la visión, aunque sus orígenes jamás son abandonados. Que nunca se nos olvide: la semilla, aunque muera, renace.  

                                                                            Katherine Wong, Oaxaca de Juárez, 2019

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