El camino de finito

A partir de un imaginarioz poco usual y de reminiscencia a una gramática dada o surrealista, Alberto Cruz crea un universo de gran imaginación donde tienen cabida
elementos fantásticos que irrumpen y dan nuevo sentido a contextos de orden cotidianos, domésticos y realistas.

Así, dentro de este nuevo orden subvertido, los animales de proporciones mitológicas, criaturas híbridas y seres antropomórficos interactúan en escenarios
concebidos desde una aparente perspectiva infantil. Sin embargo, el nuevo ordenamiento dado a la lógica de escenas de la vida cotidiana (un niño jugando sobre la
sangre de un pato gigante o al lado de un ser monstruoso, otro más cargando a sus espaldas a un animal de carga, escenas donde el cuerpo humano es intervenido
por objetos inanimados o dotado de extensiones orgánicas), nos acometen de pronto con una crueldad y una violencia delicada y no siempre explícita pero quizá por
ello doblemente perturbadora. De esta forma, Alberto Cruz descontextualiza y saca de proporción los elementos originales de diversas recreaciones infantiles para
insertarlos en una narrativa que obliga a una nueva mirada, un sistema deliberado que genera tensión entre las partes de la realidad y nos hace replantear la supuesta
candidez infantil de lo que hemos visto. Y, de pronto, casi sin darnos cuenta, las nuevas reglas permiten que las aparentes víctimas se vuelvan los victimarios dentro de
estos juegos crueles.

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