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Camino

AlejandroEscobarAve

Al pie de un seto de ligustro se abre un camino

Shôhaku, año 1488

Camino, la muestra multidisciplinar que presenta Alejandro EscobarAve en la Galería Cuatrosiete, pone en evidencia que la búsqueda actual del artista representa un corte revelador en el desarrollo de su quehacer. La resolución formal de sus piezas ya no se acota solamente en la exploración lúdica de una tradición plástica, sino que –demostrando una intuición estética genuina—, pone en manifiesto la formulación de una gramática postpictórica en ciernes. Los mejores gestos de esta exposición resultan ahí, donde la perspicacia de EscobarAve actúa de manera sutil y en lugar de limitar, asocia dos o más elementos de distintos campos disciplinares y deja libre el camino para que se activen transferencias de significación. 


Los assemblages de EscobarAve se resuelven acudiendo de igual manera al espacio como a la pieza artística o al paisaje sonoro, inclusive a una planta; pero donde la pieza opera realmente es una dimensión especulativa –tanto en el sentido primigenio de la voz latina speculari, que se relaciona con speculum, ‘espejo’, como en la acepción de ‘especulación’ como ‘tráfico’—, abriendo una gramática de reflejos, pero también de tráficos conceptuales, de transmisiones e influencias derivadas de confrontar la cosmovisión de Oaxaca con la cotidianidad inglesa, la práctica ortodoxa de la pintura con la experiencia estética contemporánea.

Un buen ejemplo de la singular porosidad conceptual de estos ensamblajes, está expuesto en la primera sala de esta galería. Es una pieza contextual que no se podría leer sin el espacio específico ni el montaje de las piezas próximas a ella. Es una pieza de apariencia modesta, una pieza que ni siquiera se de-nomina, no tiene nombre, no es ni apenas una “sin título”. Sin embargo, la potencia de las sugerencias que activa van en sentido contrario a la propia desactivación de sus capas significativas. La sala cuenta con tres muros, la cuarta pared es la entrada frontal de la galería. En el muro más grande está montado un políptico abrumador,[1] en las otras dos, óleos de formato mediano,[2] tan llamativos que el visitante no da cuenta de lo que se encuentra al centro de la sala, como dejada ahí a mitad del montaje, olvidada. Sin menospreciar la contundencia de estas obras, en cambio, aprovechando su circularidad de tema, la pieza sin nombre se activa en segundo plano. Al piso, un lienzo con el anverso saturado en emplastos de óleo, y el reverso recargado sobre el follaje de una planta de gardenia. Como en una simulación de una guerra de guerrillas, la interpretación detona pequeños satoris simultáneos y provocadores ¿El enervante olor de la flor de gardenia tiene que ver con el hipnotizante mercado del arte? ¿No es su follaje necesario para apoyar la actividad artística? En el estado actual de la tradición plástica local ¿no estamos frente a iconografías saturadas e ininteligibles? Una flor no dura dos primaveras, dice el dicho ¿cuánto durará el empoderamiento y la caída de la escuela plástica que inventó conceptualmente Andrés Henestrosa a principios de los años ochenta del siglo pasado? Las sugerencias pasan a primer plano y al momento se desaparecen, como los destellos zen que supone el arte oriental.


Olor de bosque con esencia de jazmín es el título de un políptico de ocho piezas de pequeño formato, que a diferencia de El horizonte es infinito…, parecen expuestas en un muro que no corresponde a su escala. A menos que la escala signifique. Entonces los cuadros se recargan en un contexto fuera de lo pictórico, que aunque parece mínimo, si es muy sugerente en posibilidades. Estas piezas emiten la connotación de singularidades territoriales, se convierten en poemas japoneses encadenados entre si, pero de temas singulares e individuales. Un renga, como se le conoce en la tradición oriental.

Camino –aunque parezca una perogrullada— no es la muestra de un camino hecho, sino que es la representación de la constante encrucijada que anticipa el inicio de un camino. Es el mismísimo arbusto de Shôhaku, el punto de corte en el que se evidencia un pulso, el de la intuición estética EscobarAve en apertura a diálogos con otras coordenadas.

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Atrapado en el color

Eddy Váskez

LA FUERZA INDOMABLE DEL COLOR

Pensar en Oaxaca como epicentro cultural de México debe conducirnos a tratar de conocer los distintos lenguajes de sus artistas contemporáneos, así como los elementos socioculturales que actualizan continuamente en sus obras, teniendo como sustrato la potencia de su pasado y de su policromática tradición.

El título elegido para su exposición por el joven artista Eddy Vaskez, nos hace imaginar, poéticamente, en esa fuerza indomable del color. Como una obsesión o una pasión que no deja de habitar su obra, sus espacios de trabajo, su memoria. Cautivado por experimentar procesos —me señala—, después de varios intentos, ha logrado decantar iconografías y colores determinantes para su obra.

Por ello, su admiración por Rufino Tamayo. Seguramente por los recursos formales y simbólicos utilizados por este gran artista de la modernidad en la pintura mexicana, así como su experimentación con texturas y colores terrosos. Pero también, el fértil campo artístico en Oaxaca nos acerca a la obra de Francisco Toledo, Rodolfo Morales, Alejandro Santiago, Rodolfo Nieto, Sergio Hernández, entre otros, como parte de las generaciones precedentes que han nutrido, desde sus propias vertientes, las expresiones de la pintura oaxaqueña así como su mercado.

La búsqueda artística de Eddy Vasquez abreva de diversos colores, formas y sentidos estéticos, sin renunciar a una experimentación propia en este disputado campo artístico oaxaqueño. Los motivos circenses son una parte fundamental de una serie destacada de su obra. Con sus iconografías en torno al circo, se acerca a la larga tradición que ha tenido este tema a través de diversos artistas, incluyendo a las vanguardias del siglo XX. Curiosamente, su primera aproximación a un circo fue durante su infancia, en un terreno baldío en Pueblo Nuevo, en 1990, donde se instaló el Circo de Don León, con chivos, guajolotes y animales de granja. Así que años después, el artista transfigura ese circo doméstico y empobrecido, en uno suntuoso, desplegado en varias obras con colores diversos, alegría, música y movimiento. Su circo es aquel que le hubiera gustado hallar cuando era niño. Su circo, es ambulante y no pertenece a la memoria, sino al poder de transfigurar con colores lo opaco de nuestra propia historia.     

Por ello lo persigue lo lúdico, el juego de representar personajes populares o la construcción de lo minucioso. Así, los insectos, mariposas, cuijas, mayas, mantis y polillas, también invaden sus recuerdos y sus obras, en esa extraña búsqueda por revelar lo aparentemente invisible. Me dice con orgullo: “Soy el número 25 de 36 nietos de mi abuela. Y fui elegido por ella para ir a los terrenos de siembra, en La Humedad, Viguera. Entre la milpa y la alfalfa, en los árboles o con el zacate, hallé mantis, chapulines, saltamontes y todo una serie de insectos que iban del verde… al amarillo, a los cafés ocres”. Son esos potentes recuerdos del pasado y de su propia historia familiar, lo que animan algunas de sus obras. Creaciones individuales, cuya destreza técnica dialoga con un pasado colectivo, natural y biodiverso: palmeras, pochotes, patas de elefante, sauces. Su experimentación continua con sustancias para hacer texturas y sus heterogéneos cruces de recuerdos, formas e iconografías, buscan fundar un paisaje, un híbrido ecosistema o renovar la memoria representada en una obra que gravita en torno al color.         

Abraham Nahón

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Magia Oaxaqueña

Sasky & Vilchiz

’A buscar alegría, no tristeza, no llanto, porque a reír aprendí; llorar siempre supe”.

Andrés Henestrosa.

Dentro de las posibilidades de colaboración creativa ancladas en la ciudad de Oaxaca, la dupla conformada por la artista de origen argentino Jazmín Sasky y la diseñadora oaxaqueña Gabriela Vilchiz, intenta expandir a través de su obra pictórica y de diseño el trabajo vivo de diversos oficios artesanales de la región. ¿Cómo sortear el trabajo artístico supeditado a la impronta de una habilidad, de una maestría? Para ambas creadoras, es necesario recuperar la mano de los artesanos con quienes colaboran directamente en este proceso; alejadas de la entidad que se adosa al trabajo compartido entre la pintura de J. Sasky y al diseño de G. Vilchiz, piensan la colaboración como un desbordamiento necesario en donde todo cobra un significado mayor. Es así como J. Sasky propone una serie de imágenes que junto a G. Vilchiz replantean a través del trabajo artesanal; intervenciones minuciosas que conversan entre ambas de manera orgánica y creativa hasta concluir las piezas. Sosteniendo a su vez, las voces de los alfareros, bordadoras y talladores de madera por medio del diseño.

El involucramiento de estos artesanos es entonces entendido, como un acto que refiere no sólo al objeto artístico que pasa por sus manos y que es alimentado por cada uno de ellos, sino por el lazo de confianza que construyen día con día con las artistas. De esta forma, la pertinencia de cada una de sus habilidades se devuelve como la fuente de la que se abreva, que remata la pieza, que le suma, que de muchas maneras se la apropia.

Las piezas creadas por J. Sasky & G. Vilchiz y su grupo de artesanos aluden a la imaginería femenina indígena y al cromatismo de la visualidad ‘oaxaqueña. Generan ensoñaciones mágicas sobre iconos religiosos como la Virgen de Guadalupe, reinterpretaciones de personajes artísticos como Frida Kahlo; así como un cúmulo diverso de imágenes que refieren a la fauna y flora endémicas del territorio oaxaqueño. Pintura-diseño-artesanía que funcionan como imágenes para el espectador, como nichos de luz y color que interpelan una y otra vez nuestra mirada.

Violeta Celis

Curadora.

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Sobreposición y Culto

Javier Santos «Smek» – Rolando Martínez – Walfred Rodríguez

El primer contacto con la obra de los tres artistas presentes, significa un bombardeo de información visual. Nos invaden líneas laberínticas, chorreadas o meticulosas, formas abstractas o concretas sobrepuestas. Algunas nos recuerdan a símbolos religiosos, triángulos, círculos, que se entremezclan con objetos comunes, fragmentos de paisajes y de pronto aparece la figura humana en esta complejidad que parece mantenerse sobre la cuerda floja.

Todo se fusiona con todo, iconografías y venados, encapuchados y serpientes, cuervos y objetos prehispánicos como instantáneas de una memoria popular y sus mitos, reminiscencias sacadas de un archivo que acumula el ser humano en su transición por la vida y la historia. Parece la bruma visualizada que intuye las relaciones que existen entre el acervo de todo lo existente, tal como lo vemos en un sueño… y de nuevo todo se confunde con percepciones de un solo instante, efímeras, fugaces… y el resultado termina en un gran caos. A primera vista.

Así nos tardamos un momento antes de notar que existe un vínculo particular entre los tres: el cuidado formal que en cada pintura recupera el equilibrio. Algunos elementos parecen poseer la pura función de tranquilizar las profusas constelaciones de otro plano, son calmantes en estos universos que no buscan complacernos tan pronto, sino su armonía se da apenas en último instante.

Entonces, por lo que dure esta exhibición, ¿será que los tres artistas están formando una sola obra que nos invita a la idea que no somos víctimas de nuestros propios mundos confusos, que las culturas híbridas de las cuales todos formamos parte no nos asfixian, sino que en su complejidad reside precisamente su riqueza?

Susanne Brass

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Dios nunca muere

Crispín Vayadares

“DIOS NUNCA MUERE”. EL FINAL ES APENAS EL COMIENZO

[…] No me llores, no, 
no me llores, no.
Porque si lloras 
yo peno.
En cambio 
si tú me cantas 
yo siempre vivo 
y nunca muero.

La Martiniana, Andrés Henestrosa

Ascendiendo de las cenizas, el ave Fénix no sólo representa la resurrección, sino que también encarna el mítico desafío en contra de los ciclos naturales, tanto de la muerte como de la decadencia; y es, además, un signo de contracorriente en la vida moderna. Es la elevación desde nuestras propias cenizas, o como dicta el canto popular: “yo nunca me doy por vencido”.

Crispín Vayadares –como el niño gozoso y travieso que es–, celebra la vida, y la exuda en sus lienzos, ya por la vitalidad en el color que utiliza o por la temática que escoge en cada una de sus series. Por ejemplo, en las obras en las que alude al ave fabulosa, contemplamos el crepitar de pájaros multicolores teniendo por fondo un tapete de fuego puro.  Aquí, esos rescoldos no hacen alusión a la muerte o a la destrucción, sino a la tempestuosa, candente y conmovedora Canción de la vida; así como al voluntarioso y continuo resurgimiento que ella desprende. Vemos también otras aves, ahora contra un mar de plácidos azules, como si ese ardor de su renacimiento consumiera toda pena y llegara al fin la serenidad, o por lo menos a cierto tipo de paz acompañada por la ablución.

Hay que poner cuidado y escuchar las cadencias del color o las texturas líricas que dejan su delicada impronta en los trazos. A veces puede ser un sonido estruendoso o de repente, una melancólica melodía que apenas nos acaricia la piel. Pero al final, es el sonido de la Canción de la vida, es el Cantar de los Cantaresque hace que nuestra carne y nuestra alma vibren como jamás lo han hecho. Es el triunfo del amor sobre la muerte. Porque, si Dios nunca muere, nosotros, hechos a su semejanza, tampoco lo haremos.

Descendiente de las cascadas mágicas, Vayadares empezó su camino en San Miguel del Puerto, como un hijo de las nubes, de los manantiales y de la niebla que va goteando hasta llegar al puerto de Salina Cruz, donde la reciben esas olas que empujan los vientos contraalisos –o como los conoce la gente de la región, el “Viento norte”–, en un paisaje salpicado por esos barcos pesqueros que, cuando él era niño, traían el pescado a su pueblo. En aquel tiempo su hermano mayor, le cuentan, quemó un campo de sembradíos jugando con cerillos, y la venganza, tan antigua como feroz, obligó a nuestro pintor –apenas un bebé de seis meses– a escapar con su familia.  

Vayadares, consumado contador de historias nos relata que de niño gozaba de la libertad absoluta que insufla el mar. Del ir y venir, como las olas. De aquella ocasión que con un amigo, al pasar por un parque, no pudieron resistir la deliciosa tentación de jugar con el sube y baja. Arriba, abajo. Arriba, abajo. Arriba… y muy pronto se olvidaron de sus cajas de chicles, de sus chanclas. Arriba, abajo. Arriba, abajo. Duro. Arriba, abajo. Más duro. Risas. Arriba, abajo. El mundo se difumina a esa velocidad, el tiempo se detiene. Arriba, abajo. Arriba, abajo. Entonces las risas se tornan en llanto. Se habían quedado sin chicles y sin chanclas. Alguien se las había llevado. Pero la vida sigue. Arriba, abajo.

También nos platica que cuando les iba bien en la venta, se juntaban su “dinerito” y compraban frijol, arroz en bolsitas, y a veces –en muy contadas ocasiones–, un chile relleno. Y dejando esas bolsitas sobre el pasto, comían los felices manjares que la vida les otorgaba. Veinte años después, Vayadares supo que a eso se le llama “pic-nic”.  

En el mercado, las tehuanas y mujeres huaves vociferaban sus mercancías: “¡Camarón!”, “!Queso fresco!”, ¡Totopo, güero!”, “¡Pescado seco!” Todas hermosamente ataviadas con telas de vibrantes colores. El pequeño se abría paso entre las enaguas estampadas, enfrentando esas anchas caderas que se balanceaban al son de una música que, aún décadas después, el artista escucha claramente. De regreso a casa, nuestro niño-pintor volvía a navegar entre una marea de flores centellantes y animales fantásticos, llevado por el ímpetu de las caderas, nadando en el color y la textura de los bordados. El morir ahogado tornaba todo menos gris. Renacía frente a la brillantez del ardiente sol porteño. Su madre lo esperaba con tortillas calientes de mano, envueltas en servilletas que ella misma había bordado, un arcoíris de colores y puntadas. Allí su formación artística empezó, tan sólo tenía que abrir bien los ojos.

La visión artística transforma nuestro mundo, por eso Vayadares no es un simple pintor, sino un tejedor de sueños. Los teje con colores, utiliza sus espátulas y los pinceles complacientes. Pero también teje memoria, añoranza y sobre todo, amores embetunados, como los pastelitos que vendía. Estos sueños/memorias de animales fantásticos y de coloridas flores, están tejidos a cada una de sus telas. Y lo hace con tal maestría que su visión se convierte en la nuestra. Ya no nos queda más remedio que resurgir de nuestras propias cenizas, cantando a la vida esta canción visceral que nace en las entrañas más profundas de nuestro ser. 

Hoy Vayadares ha llevado el motivo del textil a una nueva dimensión: sus telas mismas se han transformado en tapetes en donde flores, fondos y personajes son tejidos en óleo. Color y textura llegan a ser elementos sublimes de la memoria y la visión, aunque sus orígenes jamás son abandonados. Que nunca se nos olvide: la semilla, aunque muera, renace.  

                                                                            Katherine Wong, Oaxaca de Juárez, 2019

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Destilado: 5 Visiones Plásticas Actuales

 Destilado: 5 visiones plásticas actuales esta conformada por los artistas Oaxaqueños «Edison Blas, Eddy Vaskez, José Santos, Jesús Cuevas y Manuel Miguel», los cuales presentan una nueva visión de su trabajo artístico como un colectivo pero individual e autónomo a su vez , esta exposición se inauguro el día 13 de diciembre al día lunes 14 de enero del 2019.

Aunque a primera vista la exposición Destilado parezca solamente la reunión de cinco artistas oaxaqueños bajo el pretexto de amistad –lo es, pero–, es además la muestra de que Oaxaca sigue siendo un territorio fértil para el arte pictórico, una región en la que todavía es posible decodificar la forma y el contenido de la escena plástica actual a través de la memoria histórica.

Esta exhibición no se debe de leer como un continuum estético, no es una colección homogénea de obras, si no que es justo lo que se enuncia en el título, sin retruécanos, se pone sobre una misma mesa el resultado de la decantación de sustancias distintas. A pesar de que Edison Blas (Oaxaca de Juárez, 1986), Jesús Cuevas (Oaxaca de Juárez, 1982), Manuel Miguel (Teococuilco de Marcos Pérez, 1985), José Santos (Oaxaca de Juárez, 1971), y Eddy Vaskez (Oaxaca de Juárez, 1982), trabajan en diferentes registros iconográficos, técnicos y formales, estas interpretaciones particulares se articulan con un imaginario con el que se pueden identificar, la voz del terruño.

La tradición de un territorio personificado en el occidente es una aportación griega, el daimon. Si éste se pudiese interpretar en la actualidad, diríamos que es ese tejido innumerable de estratos y dimensiones, una red compleja de asociaciones que se concentran y caracterizan a un espacio específico. La variedad de Destilado es posible sólo porque se revela el efecto fecundo del territorio, la voz que emerge de la tierra fertiliza temas variados y posibilita búsquedas en velocidades personales, así como emergen las contradicciones, lo hace también la dimensión lúdica. Las estrategias estéticas-discursivas se multiplican en la medida de la exploración de cada uno de los artistas. Así, se revisitan mitologías aparentemente lejanas, las líneas alteran sus principios bidimensionales, los pictogramas se criollizan, escenas fabulosas reaparecen y se re-escala la mesura de la naturaleza. Éstos algunos de los colores de la voz del hado, que sigue siendo telúrico y agresivo, como lo entendieron nuestros ancestros.

 

Efraín Velasco

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